Guerra y Paz

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Sentado entre los oficiales, partía con las manos —por las que resbalaba la grasa— el sabroso cordero. Estaba en plena y exaltada euforia infantil, poseído por un tierno sentimiento de amor hacia todos y convencido, por tanto, de que los demás sentían lo mismo hacia él.

—Entonces, qué piensa, Vasili Dmítrievich— dijo a Denísov, —¿no importa que me quede con usted un día más?

Y sin esperar respuesta, prosiguió:

—Me enviaron para informarme y yo me estoy informando… Sólo quiero que usted me deje ir adonde haya más… a lo principal. No necesito condecoraciones, pero querría…

Petia apretó los dientes y miró en derredor, con la cabeza alta y agitando las manos.

—Donde haya más, a lo principal…— repitió Denísov sonriente.

—Lo único que le pido es que me dé un pequeño destacamento donde pueda mandar— prosiguió Petia. —¿Qué le cuesta? ¡Ah!, ¿busca una navaja?— preguntó a un oficial, que quería cortar un pedazo de cordero.

Y sacó su pequeña navaja, a la que el oficial dedicó grandes elogios.


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