Guerra y Paz
Guerra y Paz Denísov, vestido a lo caucasiano, se dejaba crecer la barba y en su pecho colgaba una imagen de San Nicolás el Milagroso; su lenguaje y todos sus modales mostraban su especial condición; Dólojov, por el contrario, que en otros tiempos había llevado en Moscú trajes persas, ahora se presentaba como el más atildado oficial de la guardia. Tenía el rostro afeitado cuidadosamente; llevaba una magnífica levita de oficial de la Guardia, con la cruz de San Jorge en el ojal, y se cubría con una gorra ordinaria. Se quitó su burka empapada, que dejó en un rincón, se acercó a Denísov y, sin saludar a nadie, comenzó a dirigirle preguntas referentes a la situación. Denísov le explicó las intenciones que acerca del convoy enemigo tenían los destacamentos grandes, la misión de Petia y su respuesta a los dos generales. Luego contó lo que sabía del destacamento francés.
—Eso está bien, pero tenemos que saber de qué tropas se trata y cuántos hombres son— comentó Dólojov. —Habrá que acercarse. No podemos lanzarnos a un ataque sin conocer el número cierto. A mí me gusta hacer las cosas bien. ¿No querrá alguno de estos señores venir conmigo al campo contrario? Traigo conmigo un uniforme francés.
—¡Yo, yo!… ¡Yo iré con usted!— gritó Petia.