Guerra y Paz
Guerra y Paz —Tú no necesitas ir— intervino DenÃsov, y se volvió hacia Dólojov. —A él no se lo permitiré de ninguna manera.
—¡Eso sà que es bueno!— exclamó Petia. —¿Por qué no puedo ir?
—Porque no.
—¡Oh, no! Perdóneme, pero… ¿por qué?… ¿por qué?… Iré…, sÃ, iré y se acabó. ¿Me llevará usted?— preguntó, volviéndose a Dólojov.
—¿Por qué no?…— respondió distraÃdamente Dólojov, contemplando al joven tambor francés.
—¿Hace tiempo que está aquà este muchacho?— preguntó después a DenÃsov.
—Lo apresamos hoy, pero no sabe nada. Lo tengo aquÃ, conmigo.
—Bien, y a los demás, ¿dónde los metes?— preguntó Dólojov.
—¿Cómo dónde? Los entrego contra recibo— dijo DenÃsov, ruborizándose de pronto. —Puedo asegurarte que no tengo una sola muerte en mi conciencia. ¿Acaso te parece difÃcil enviar con escolta a treinta o trescientos prisioneros a la ciudad y no mancillar el honor de soldado?
—Cuando se tienen dieciséis años, como el condesito, se pueden decir esas lindezas, pero a tu edad deberÃas haberlas dejado— concluyó Dólojov con frÃa ironÃa.