Guerra y Paz

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Y estalló en una risa fuerte, tan extraña, que Petia tuvo la impresión de que los franceses descubrirían el engaño y, sin querer, retrocedió un paso de la hoguera.

Nadie respondió a las palabras ni a la risa de Dólojov y un oficial francés, invisible en la sombra (estaba echado, cubierto con el capote), se incorporó y susurró algo a otro. Dólojov se levantó y llamó al soldado a quien había entregado los caballos.

“¿Los traerán o no?”, pensó Petia, acercándose involuntariamente a Dólojov.

Trajeron los caballos.

—Bonjour, messieurs— dijo Dólojov.

Petia quiso decir “bonsoir”, pero no pudo pronunciar una sola palabra. Los oficiales cuchicheaban entre sí. Dólojov, muy tranquilo, tardó en saltar sobre el caballo, que parecía inquieto; después, al paso, cruzó de nuevo el portalón. Petia iba a su lado, deseando volverse para ver si los franceses corrían tras ellos, pero no se atrevió.

Una vez fuera, Dólojov no tomó el camino de antes, sino que continuó a lo largo del pueblo. En un sitio se detuvo a escuchar.

—¿Oyes?— preguntó.

Petia reconoció voces rusas y vio junto a las hogueras las negras siluetas de los prisioneros.


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