Guerra y Paz

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De vuelta a la casa del guarda, Petia halló a Denísov en el zaguán. Estaba inquieto y furioso consigo mismo por haber dejado marchar al joven.

—¡Gracias a Dios!— exclamó al verlo llegar. —¡Gracias a Dios!— repitió mientras oía el relato entusiasta de Petia. —¡Que el diablo te lleve, por tu culpa no he podido dormir! Ahora, acuéstate; aún descabezaremos un sueño hasta que amanezca.

—No, si no tengo todavía sueño— dijo Petia. —Me conozco bien: si me duermo, todo se acabó. Además, estoy acostumbrado a no dormir antes de la batalla.

Petia permaneció algún tiempo en la isba recordando con alegría todos los detalles de la expedición e imaginando con vivacidad lo que podía ocurrir al día siguiente. Después, dándose cuenta de que Denísov dormía, salió fuera.

La oscuridad era completa en el patio. La lluvia había cesado, pero los árboles seguían goteando. Junto a la casa se divisaban las negras siluetas de las chozas cosacas y los perfiles de los caballos, atados unos junto a otros. En la parte de atrás había dos carros y varios caballos; en el barranco se extinguía la última claridad de una hoguera. Algunos cosacos y húsares no dormían. Aquí y allá, acompañando al ruido de las gotas que caían de las ramas y el masticar de los caballos, se oían voces susurrantes.


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