Guerra y Paz

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XIII

El día 22 de octubre, al mediodía, Pierre subía una fangosa y resbaladiza cuesta, con la atención puesta en sus pies y en las desigualdades del terreno. De cuando en cuando volvía la vista hacia la gente que lo rodeaba y que ya le era familiar; después, miraba de nuevo sus pies. Lo uno y lo otro le era igualmente familiar y conocido. La patizamba y lilácea Sieri corría gozosamente a un lado del camino y, como para demostrar su propia habilidad y lo contenta que estaba, levantaba a veces una de las patas traseras y corría con las otras tres, después con las cuatro atacaba, sin dejar de ladrar, a los cuervos posados sobre la carroña. Sieri parecía más limpia y alegre que en Moscú. Por todas partes se veía carne: restos de animales y hasta de cadáveres humanos en diversos grados de descomposición; el ir y venir de la gente mantenía alejados a los lobos, así que Sieri podía comer cuanto le viniera en gana.

Llovía desde por la mañana y cuando parecía que la lluvia estaba a punto de cesar y despejaría, al cabo de una breve interrupción arreciaba el aguacero. La tierra, completamente empapada, no podía absorber más agua y las rodadas del camino se convirtieron en torrentes.

Pierre caminaba mirando hacia los lados; contaba sus pasos de tres en tres doblando los dedos. Dirigiéndose a la lluvia, decía para sí: “¡Arrecia más, mucho más!”.


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