Guerra y Paz
Guerra y Paz De pronto lo recordó todo, la mirada de Platón sentado al pie del árbol, el disparo, los aullidos de la perra, los rostros culpables de los dos franceses que pasaron delante de él, el fusil humeante aún, la ausencia de Karatáiev. Estaba a punto de comprender que habían matado a Platón, pero en ese mismo instante, y sabe Dios cómo, recordó una tarde de verano que pasó con una hermosa polaca en el balcón de su casa de Kiev, y sin ligar los recuerdos del día, sin extraer conclusión alguna, Pierre cerró los ojos, y las escenas de la naturaleza estival se unieron al recuerdo de unos baños, de una esfera líquida en movimiento. Y él mismo se hundía dentro del agua, que se iba uniendo encima de su cabeza.
Antes del amanecer lo despertaron disparos y gritos. Algunos franceses pasaron corriendo delante de Pierre.
—Les cosaques!— gritó uno, y un minuto después un grupo de caras rusas rodeaba a Pierre.
Tardó largo tiempo en comprender lo que estaba sucediendo. Por todas partes se oía el jubiloso clamor de sus compañeros.
—¡Hermanos! ¡Amigos! ¡Queridos hermanos!— gritaban entre sollozos viejos soldados, abrazando a los cosacos y húsares.