Guerra y Paz

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Éstos rodeaban a los prisioneros y se apresuraban a ofrecerles ropa, zapatos, alimentos. Pierre, sentado en medio de todos, sollozaba y no podía pronunciar una palabra. Abrazó al primer soldado que se le acercó, besándolo sin dejar de llorar.

Dólojov, junto al portalón de la casa en ruinas, contemplaba el paso de franceses, ya desarmados, quienes, bajo la impresión de lo sucedido, charlaban entre sí a grandes voces, pero sus conversaciones cesaban al pasar delante de Dólojov, que, golpeándose la caña de la bota con la fusta, los miraba con ojos fríos y vidriosos, que no prometían nada bueno. Del otro lado estaba uno de los cosacos de Dólojov, que contaba los prisioneros y señalaba cada grupo de cien con una raya de tiza en la puerta.

—¿Cuántos?— le preguntó Dólojov.

—Va el segundo centenar— respondió el cosaco.

—Filez, filez— decía Dólojov, que había aprendido esa expresión de los franceses. Cuando sus ojos se encontraban con los de aquellos hombres, se iluminaban con un brillo cruel.

Denísov, con rostro sombrío, descubierta la cabeza, seguía a los cosacos que trasladaban a una fosa excavada en el jardín el cadáver de Petia Rostov.


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