Guerra y Paz

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I

Cuando el hombre ve morir a un animal se apodera de él el terror. Eso mismo que él es, su propia esencia, desaparece ante sus ojos y deja de existir; pero si en vez de un animal se trata de un semejante, y de un ser al que se ama, entonces, además del terror que inspira la extinción de la vida, se produce un desgarramiento, una herida moral que, como la física, puede llegar a matar y puede curarse, pero siempre resulta dolorosa, sensible a cualquier contacto exterior inoportuno.

Natasha y la princesa María lo sintieron por igual a la muerte del príncipe Andréi. Abrumadas moralmente, entornaban los ojos para no ver suspendida sobre ellas la espantosa nube de la muerte, no se atrevían a mirar la vida frente a frente. Protegían sus abiertas heridas de todo contacto ofensivo y doloroso. Todo, un coche que pasara velozmente por la calle, la mención de la comida, la pregunta de una doncella sobre el vestido que debía preparar y, peor aún, la expresión poco sentida y falsa de condolencia, removía dolorosamente sus heridas, les parecía una ofensa y turbaba aquel necesario silencio en el que ambas intentaban escuchar el grave y terrible coro que aún seguía resonando en sus imaginaciones, impidiéndoles ahondar en el lejano y misterioso infinito que, por un instante, se había abierto ante ellas.


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