Guerra y Paz

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II

Además del deseo de apartarse de todos, Natasha experimentaba entonces un sentimiento especial de alejamiento que la distanciaba en especial de los suyos. Sus padres, Sonia, le eran tan próximos, tan familiares, estaba tan acostumbrada a ellos, que sus palabras y sus sentimientos le parecían una ofensa al mundo en el que vivía últimamente. No sólo se mostraba indiferente, sino que llegaba a mirarlos con hostilidad. Escuchó las palabras de Duniasha, que hablaba de una desgracia, y de Piotr Ilich, pero no llegó a comprenderlas.

“¿Qué desgracia puede haberles ocurrido? —pensó—. Para ellos todo sigue como antes, habitual, inmutable y tranquilo.”

Cuando entró en la sala su padre salía rápidamente de la habitación de la condesa con el rostro contraído y bañado en lágrimas. Buscaba refugio en otra estancia para dar plena libertad al llanto que lo ahogaba. Al ver a Natasha movió desesperadamente las manos y estalló en sollozos convulsivos que deformaban su cara redonda de rasgos suaves.

—¡Pe… Petia!… Entra, entra… ¡ella… ella te llama!…

Y llorando como un niño se acercó a una silla, todo lo rápidamente que le permitían sus débiles piernas, se dejó caer en ella y escondió el rostro entre las manos.


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