Guerra y Paz

Guerra y Paz

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Natasha sintió de pronto como si una sacudida eléctrica recorriera su cuerpo. Algo oprimió su corazón con dolor insoportable. Le pareció que algo se rompía en ella y se moría. Pero sintió también que aquel sufrimiento la liberaba en el acto de la prohibición de vivir que pesaba sobre ella. A la vista de su padre, al oír a través de la puerta los terribles e inhumanos gritos de su madre, se olvidó al instante de su propio dolor y de sí misma. Corrió hacia su padre, pero él, agitando débilmente la mano, señaló la puerta de la habitación de su mujer. La princesa María salió de aquella estancia, muy pálida, la mandíbula temblorosa; tomó la mano de Natasha y le dijo algo. Natasha no la veía ni escuchaba nada. Con paso rápido llegó a la puerta, se detuvo un momento, como luchando consigo misma, y corrió hacia su madre. La condesa, tumbada en un sillón, contraída de manera extraña e incómoda, golpeaba su cabeza contra la pared. Sonia y varias doncellas la sujetaban por el brazo.

—¡Que venga Natasha! ¡Natasha!— gritaba la condesa. —Es mentira, mentira… Él miente— gritaba rechazando a cuantos la rodeaban. —¡Marchaos todos, es mentira! ¡Que lo han matado!… ¡Ja, ja, ja!… ¡Es mentira!



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