Guerra y Paz

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III

La princesa María aplazó su viaje. Sonia y el conde trataban de sustituir a Natasha, pero en vano. Veían que sólo ella podía evitar que su madre cayera en una desesperación rayana en la locura. Durante tres semanas, sin salir de aquella estancia, Natasha vivió junto a su madre; dormía en su misma habitación, en un sillón, la hacía comer y beber, hablaba con ella continuamente, porque sólo su voz tierna y acariciante la tranquilizaba.

La herida en el corazón de la madre no podía cicatrizar. La muerte de Petia se llevó la mitad de su vida. Al mes de recibida la noticia, aquella mujer, hasta entonces enérgica y animosa a sus cincuenta años, salió de su habitación convertida en una vieja medio muerta y sin interés ninguno por la vida. Pero la misma herida que casi mató a la condesa resucitó a Natasha.

Una vez que cicatriza la herida profunda y se juntan sus bordes, tanto la psíquica como la física, por extraño que parezca, cicatrizan también interiormente gracias al empuje de la fuerza vital.

Así curó la herida de Natasha. Ella creía terminada su vida. Pero el amor hacia su madre le hizo ver que la esencia de su vida, el amor, estaba aún viva en su alma. El amor despertó y con él la vida.


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