Guerra y Paz
Guerra y Paz Si los últimos días del príncipe Andréi la habían acercado a la princesa María, esta nueva desgracia las unió todavía más. La princesa, que había retrasado su marcha, cuidó durante tres semanas a Natasha como si fuera una niña enferma. Las últimas semanas transcurridas junto a su madre habían minado sus fuerzas.
Una vez, a media tarde, la princesa María, al observar que Natasha temblaba de fiebre, la llevó a su propia habitación y la hizo acostar en su lecho. Echó las cortinas y se dispuso a salir, pero Natasha la llamó.
—No tengo sueño. Quédate conmigo, Marie.
—Estás cansada. Procura dormir.
—No, no. ¿Por qué me has traído aquí? Mamá preguntará por mí.
—Está mucho mejor. Hoy estuvo hablando también de él— repuso la princesa.
En la penumbra de la habitación Natasha se quedó mirando su rostro.
“¿Se parece a él? —pensaba—. Sí y no. Pero es especial: ajena, nueva, completamente desconocida. Y me quiere. ¿Qué hay en su alma? Es todo bondad. Pero… ¿cómo es, qué piensa, qué opina de mí? Sí, es maravillosa.”
—Masha— dijo atrayéndola tímidamente por la mano. —Masha… no pienses que soy mala. ¿Verdad que no? ¡Cuánto te quiero! Seamos amigas, muy amigas.