Guerra y Paz
Guerra y Paz —¡Ya viene!— gritó un señalero.
El comandante del regimiento, enrojeciendo, corrió a su caballo; sujetó el estribo con mano temblorosa, montó en la silla, se enderezó, desenvainó la espada y con el rostro feliz y resuelto, abierta la boca por un lado se dispuso a dar la voz de mando. El regimiento se movió como un pájaro que sacudiese sus plumas y quedó inmóvil.
—¡Fir… mes!— gritó con voz vibrante, alegre para sà mismo, severa para el regimiento y deferente para el jefe que se acercaba.
Por el ancho camino, bordeado de árboles, avanzaba rápidamente, con ligero chirriar de muelles, una carretela vienesa de color azul claro enganchada de reata. La seguÃa al galope el séquito y una escolta de croatas. Junto a Kutúzov iba un general austrÃaco, de uniforme blanco, que resaltaba más entre los negros uniformes rusos. Se detuvo la carretela cerca del regimiento; Kutúzov y el general austrÃaco hablaban en voz baja y el primero, al apoyarse pesadamente en el estribo del carruaje, sonrió como si no estuvieran presentes los dos mil hombres que, con la respiración contenida, tenÃan los ojos puestos en él y en el jefe del regimiento.
