Guerra y Paz
Guerra y Paz La princesa, su prima, que nunca había manifestado afecto por él, afecto convertido en hostilidad después de la muerte del viejo conde, pues se sentía en deuda con Pierre, ahora, después de una breve estancia en Orel a donde había ido para demostrar que, pese a su ingratitud, consideraba como un deber suyo cuidarlo, sintió con asombro que lo quería. Pierre no hacía nada para ganarse su simpatía; se limitaba a observarla con curiosidad. Hasta entonces, la princesa siempre había notado que Pierre no sentía por ella más que una burlona indiferencia a la cual oponía la faceta defensiva de su carácter, encerrada en sí misma, lo mismo que hacía con otras personas; ahora, en cambio, le parecía que él trataba de comprenderla, de escuchar atentamente cuanto le decía, y —al principio con desconfianza, después con gratitud— no ocultaba ante él las íntimas y excelentes cualidades de su alma.
El hombre más astuto no habría logrado ganar más hábilmente la confianza de la princesa; Pierre lo consiguió reanimando los recuerdos del mejor período de su juventud y mostrando por ellos profunda simpatía. Pero toda la sabiduría de Pierre se reducía a buscar su propia satisfacción, despertando en la seca princesa, orgullosa a su manera, sentimientos humanos.
“Sí, es un hombre muy bueno, cuando no se encuentra bajo la influencia de gentes malas, sino de personas como yo”, se decía la princesa.