Guerra y Paz
Guerra y Paz Al cabo de una semana los mujiks que iban a la ciudad con sus carros vacíos, para volver con ellos llenos de toda clase de objetos, eran ya detenidos por las autoridades y obligados a retirar los cadáveres. Otros, enterados de lo sucedido a sus compañeros, acudían con los carros cargados de trigo, avena y heno; en pugna unos con otros bajaban los precios, dejándolos por debajo del precio anterior. Cooperativas de carpinteros acudían con la esperanza de un trabajo bien retribuido, y por todas partes reparaban las casas incendiadas y construían otras nuevas. Los comerciantes abrían sus puestos. Tabernas y posadas se instalaban en casas medio destruidas por el incendio. El clero restablecía el culto en las numerosas iglesias que habían quedado intactas; algunas personas donaban objetos de culto para sustituir a los robados. Los funcionarios instalaban sus oficinas, con tapetes y armarios, en pequeñas habitaciones. Los jefes superiores y la policía se dedicaban a distribuir los bienes dejados por los franceses. Los propietarios de las casas donde se habían acumulado objetos procedentes de otras viviendas se quejaban de que todo fuera concentrado en un sitio. Otros decían que no era justo dejar al dueño de la casa todos los objetos hallados en ella, pues los franceses que vivían en diversas mansiones reunían las cosas en una de ellas. Se insultaba a la policía, la sobornaban, se decuplicaba en los presupuestos el valor de las cosas quemadas pertenecientes al Estado, se exigía ayuda y el conde Rastopchin escribía sus proclamas.