Guerra y Paz
Guerra y Paz Esa noche Pierre tardó mucho en dormirse. Paseó de un lado a otro de su habitación, ya sumergido en algún pensamiento difícil, que le hacía fruncir el ceño, ya encogiéndose de hombros y estremeciéndose, ya sonriendo dichoso.
Pensaba en el príncipe Andréi, en Natasha y en su amor; estaba celoso de su pasado; se hacía reproches y se perdonaba. Dieron las seis de la mañana y Pierre seguía andando por la habitación.
“Pero, ¿qué puede hacerse si es imposible vivir sin eso? ¿Qué hacer? Entonces, así debe ser”, pensó. Y desnudándose rápidamente, se echó en la cama, conmovido y feliz, apartadas ya las dudas y vacilaciones.
“Por extraña e imposible que me parezca esta dicha, tengo que hacer todo lo posible para ser su marido y ella mi mujer”, se dijo.
Unos días antes había fijado para el viernes su salida de Moscú. Cuando se despertó, el jueves, Savélich entró en su habitación para recibir sus órdenes respecto al equipaje.