Guerra y Paz
Guerra y Paz “¿Por qué a San Petersburgo? ¿Qué falta me hace San Petersburgo? ¿Quién está allí? —se preguntó a sí mismo—. Sí, hace tiempo que lo decidí, antes de que eso sucediera pensé en ir —recordó—. ¿Y por qué no? Tal vez vaya… ¡Qué bueno es, qué atento y qué presente lo tiene todo! —pensó mirando el viejo rostro de Savélich—. ¡Y qué sonrisa más agradable la suya!”
—Bien, Savélich, ¿sigues sin desear la libertad?— le preguntó.
—¿Para qué necesito la libertad, Excelencia? Viví muy bien en los tiempos del viejo conde y con usted no tengo motivos de queja.
—Sí, sí, pero ¿y los hijos?
—También ellos vivirán, Excelencia. Con amos así se puede vivir.
—¿Y mis herederos?— preguntó Pierre. —¿Y si, de pronto, vuelvo a casarme…? Podría ocurrir— añadió con involuntaria sonrisa.
—Me atrevo a decirle que haría muy bien, Excelencia.
“Qué sencillo le parece —se dijo Pierre—. No sabe qué terrible y peligroso es. Demasiado pronto o demasiado tarde… ¡da miedo pensar!”
—¿Cuándo desea salir, señor? ¿Mañana?— preguntó Savélich.