Guerra y Paz
Guerra y Paz —Váyase a San Petersburgo. Será mejor. Yo le escribiré.
—¿A San Petersburgo? ¿Marcharme? Sí, está bien, me iré. Pero ¿podré volver mañana a su casa?
Al día siguiente, Pierre acudió a despedirse. Natasha parecía menos animada que en los días anteriores; pero, ahora, al mirarla de vez en cuando a los ojos, Pierre tenía la sensación de que él desaparecía, que no estaban ni él ni ella, sino sólo un sentimiento de felicidad.
“¿Será verdad? No, no es posible”, se decía a cada mirada, a cada palabra, a cada gesto de Natasha, que lo llenaban de alegría.
Al despedirse de ella tomó en las suyas su mano fina y delgada y la retuvo involuntariamente unos segundos.
“¿Será posible que esta mano, ese rostro, esos ojos, todo ese tesoro de gracia femenina vaya a ser eternamente mío, algo tan habitual como lo soy yo para mí mismo?… ¡No, no es posible!…”
—Adiós, conde— dijo ella en voz alta. —Lo esperaré con mucha impaciencia— añadió en un susurro.