Guerra y Paz
Guerra y Paz Nada semejante había sentido Pierre, en parecidas circunstancias, cuando los esponsales con Elena.
No repetía como entonces, con enfermiza vergüenza, las palabras dichas por él, no se decía a sí mismo: “Ah, ¿por qué no dije eso y por qué, por qué dije en aquel momento: «Je vous aime»?”. Ahora, en cambio, repetía en su imaginación cada una de sus palabras y las de Natasha, y evocaba todos los detalles de su rostro y su sonrisa, sin deseos de poner ni quitar nada, con la única aspiración de repetirlas una y otra vez. No tenía ni sombra de duda sobre si estaba bien o mal lo que hacía. A veces lo asaltaba una terrible incertidumbre. “¿No sería todo un sueño? ¿No estaría equivocada la princesa María? ¿No sería yo demasiado soberbio y presuntuoso? Yo confío, pero podría ocurrir que la princesa María le hablase y ella contestara sonriendo algo que sería lógico: «¡Qué extraño! Seguramente se equivocó. ¿No sabe, acaso, que es un hombre corriente como otro cualquiera, mientras que yo… soy un ser muy diferente, superior?».”
Ésa era la única duda que tenía Pierre. Por lo demás, no hacía proyecto alguno. Le parecía tan increíble la dicha advenida que, si llegaba a realizarse, no podía ocurrir nada más. Todo terminaba.
