Guerra y Paz

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El cambio producido en Natasha asombró en un principio a la princesa; pero cuando comprendió el motivo, le produjo tristeza. “¿Tan poco amaba a mi hermano, que ha podido olvidarlo tan pronto?”, se preguntaba al pensar, cuando estaba sola, en la evolución de Natasha. Pero al verla no sentía enfado alguno ni le hacía el menor reproche. Esa fuerza vital que despertaba en Natasha y se adueñaba de ella era, evidentemente, tan incontenible, tan inesperada para ella misma, que la princesa María sentía en su presencia que ni siquiera en lo más íntimo de su ser tenía derecho a reprocharle nada.

Natasha se entregó con tal plenitud y sinceridad al nuevo sentimiento que ni siquiera trataba de ocultar que ahora no sentía pena, sino alegría y contento.

Cuando, después de las explicaciones con Pierre, la princesa subió a su habitación, Natasha la esperaba en el umbral.

—¿Te lo ha dicho? ¿Sí? ¿Te lo ha dicho?— repetía.

Y una expresión gozosa y a la vez dolorida, como si pidiera perdón por su alegría, se reflejó en su rostro.

—Tuve la tentación de escuchar detrás de la puerta, pero sabía que tú me lo dirías.


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