Guerra y Paz
Guerra y Paz Tras la marcha de Pierre y su esposa, volvió a su abatimiento y empezó a quejarse de postración. Unos días después enfermó y tuvo que acostarse. Desde el principio de su enfermedad, a pesar de las frases animosas de los médicos, comprendió que ya no se levantaría más. La condesa, sin desvestirse, permaneció durante dos semanas a su cabecera. Cada vez que le daba la medicina, el conde, sollozando, le besaba en silencio la mano. El último día, deshecho en llanto, pidió perdón a su esposa y también a su hijo Nikolái —aunque estaba ausente— por la pérdida de su fortuna, de lo cual se consideraba el primer culpable. Después de haber comulgado y recibido la extremaunción, murió apaciblemente. Al día siguiente una multitud de amigos y conocidos, llegados para rendirle el último tributo, llenó el piso que los Rostov habían alquilado. Todas aquellas personas que tantas veces habían cenado y bailado en su casa y tanto se habían reído del conde, ahora, con un sentimiento unánime de ternura e íntimo reproche, decían como para justificarse: “Fuera como fuese, era un hombre excelente. Ya no se encuentran hombres como él… Además, ¿quién no tiene defectos?…”.
Murió cuando sus asuntos estaban tan embrollados que, de vivir un año más, nadie podría imaginar cómo habría terminado aquello.