Guerra y Paz
Guerra y Paz —Sólo una cosa puedo decirle, general— dijo Kutúzov con una elegancia en el giro de la frase y la tonalidad que obligaba a escuchar con suma atención cada una de sus pausadas palabras. Era evidente que Kutúzov se escuchaba a sí mismo con placer. —Sólo una cosa le diré, general: si las cosas dependieran de mí personalmente, se habría cumplido ya hace tiempo la voluntad de Su Majestad el emperador Francisco; me habría unido hace tiempo al archiduque; y, créame bajo palabra de honor, sería un gran alivio para mí poder transmitir el mando supremo del ejército a un general más experto y hábil que yo, de los que tanto abundan en Austria, y quedar libre de una responsabilidad tan pesada. Pero hasta ahora, general, las circunstancias suelen ser más fuertes que nosotros.
Y Kutúzov sonrió como diciendo: “Tiene perfecto derecho a no creerme, y me es lo mismo que me crea o no; pero no tiene motivo alguno para decírmelo, y esto es lo importante”.
El general austríaco se mostraba descontento, pero estaba obligado a contestar en el mismo tono.