Guerra y Paz
Guerra y Paz La condesa María estaba en el extremo opuesto de la mesa. En cuanto su marido se hubo sentado, por el gesto con que desdobló la servilleta y desplazó rápidamente el vaso y la copa que tenía delante, advirtió que estaba de mal humor, como solía ocurrirle a veces, sobre todo antes de la sopa, cuando regresaba directamente del campo a la hora de comer. La condesa María conocía perfectamente ese estado de ánimo y, cuando ella misma estaba de buen humor, esperaba tranquilamente a que terminase el primer plato y sólo entonces se dirigía a él y lo obligaba a confesar que estaba de mal humor sin motivo alguno. Pero aquel día olvidó por completo su prudente costumbre. Le disgustaba y entristecía que, sin motivo alguno, su marido estuviese enfadado con ella. Se sintió desgraciada. Le preguntó dónde había estado. Nikolái contestó. Le preguntó de nuevo si iba todo bien en la hacienda. Él frunció el ceño, por el tono forzado de la pregunta, y contestó apresuradamente.
“Así es, no me engañé —pensó la condesa María—. ¿Por qué está enfadado conmigo?” Por el tono de su respuesta, percibió cierta animosidad hacia ella y el deseo de cortar la conversación; se daba cuenta de que sus preguntas parecían poco naturales, pero no pudo contener sus deseos de hacer otras preguntas por el estilo.