Guerra y Paz
Guerra y Paz —Gracias, querido, todo me ha gustado mucho. Pero lo mejor es que hayas vuelto tú mismo. Ya puedes regañar a tu mujer; sin ti se pone como loca; no ve ni recuerda nada— dijo, como siempre hacía en circunstancias semejantes. —Mira, Anna Timoféievna, qué estuche nos ha traído mi hijo.
La señora Bielova admiró el regalo y se mostró entusiasmada con la tela que traían para ella.
Aunque Pierre, Natasha, Nikolái, la condesa María y Denísov tenían muchas cosas que contarse, no podían hablar delante de la condesa; no porque le ocultaran nada sino porque se trataba de asuntos de los que ella no estaba al corriente, y si comenzaban a hablar en su presencia habrían debido contestar a preguntas que no venían a cuento, repetir cosas ya archisabidas sobre alguien que había muerto o sobre otro que se había casado, cosas todas que la condesa había oído antes y que era incapaz de recordar. Sin embargo, como de costumbre, se reunieron en el salón en torno al samovar, y Pierre contestó las inútiles preguntas de la condesa, que no interesaban ni a ella ni a nadie, acerca de que el príncipe Vasili había envejecido, de que la condesa María Alexéievna la recordaba y mandaba sus saludos, etcétera.