Guerra y Paz
Guerra y Paz A veces le parecía que tal diferencia provenía de la edad, pero se sentía culpable ante su sobrino y se prometió a sí misma ser mejor y hacer lo imposible, es decir, amar en este mundo al marido, a sus hijos, a Nikóleñka, al prójimo, como Cristo amó a la humanidad. El espíritu de la condesa María aspiraba siempre a la perfección, a lo infinito y eterno, y por ello nunca podía estar tranquila. El sufrimiento interno, oculto, de un espíritu a quien pesaba el cuerpo se reflejó en su rostro.
Nikolái la miró.
“¡Dios mío! —pensó—, ¿qué sería de nosotros si ella muriese? Lo pienso siempre que veo esa expresión en su cara”, e inclinándose ante el icono se puso a rezar las oraciones de la noche.