Guerra y Paz

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III

La locomotora marcha y nos preguntamos por qué se mueve. El mujik contesta que el diablo la empuja; otro afirma que se mueve porque sus ruedas giran; un tercero asegura que la causa del movimiento está en el humo arrastrado por el viento.

Nada podemos objetar al mujik: ha imaginado una explicación completa. Para refutarla sería necesario que alguien le demostrara que el diablo no existe o que otro mujik le explicara que no es el diablo sino un alemán quien hace correr la locomotora. Sólo entonces, gracias a la contradicción de sus afirmaciones, verían que ambos estaban equivocados.

Pero quien dice que la causa es el movimiento de las ruedas se refuta a sí mismo porque, al haber emprendido el camino del análisis, debe proseguirlo, hasta explicar el origen del movimiento de las ruedas. Y mientras no llegue a la última causa del movimiento de la locomotora, la compresión del vapor en la caldera, no tendrá derecho a detenerse en la búsqueda de la causa. El mujik que explicó el movimiento de la locomotora atribuyéndolo al humo arrastrado hacia atrás por el viento debió de razonar del siguiente modo: al comprender que la explicación sobre las ruedas no proporcionaba causa alguna, tomó el primer indicio observado y lo presentó, por su parte, como la causa.


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