Guerra y Paz

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Los historiadores, habituados a la vieja creencia de la participación divina en las obras humanas, creen que el hecho expresa la voluntad de la persona investida del poder. Pero ni el razonamiento ni la experiencia confirman tal suposición.

Por una parte, el razonamiento nos muestra que la voluntad del hombre, manifestada en palabras, no es más que una fracción de la actividad general expresada en el acontecimiento: por ejemplo, una guerra o una revolución; y ése es el motivo de que no pueda admitirse que las palabras sean la causa inmediata del movimiento de millones de seres sin aceptar la fuerza incomprensible y sobrenatural: el milagro.

Por otra parte, aun admitiendo que las palabras puedan ocasionar el hecho, la historia demuestra que la voluntad de los personajes históricos, lejos de cumplirse, produce, en numerosas ocasiones, un efecto totalmente opuesto a lo ordenado por ellos.

Sin admitir el concurso divino en la actividad humana no podemos aceptar el poder como causa de los hechos.

Desde el punto de vista de la experiencia, el poder no es sino la dependencia entre la voluntad manifestada por el personaje y el cumplimiento de esa voluntad por otros.

Para comprender las condiciones de tal dependencia debemos restablecer, ante todo, el concepto de la voluntad, refiriéndola a un ser humano y no a la divinidad.


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