Guerra y Paz

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VI

Sólo la expresión de la voluntad divina, independiente del tiempo, puede referirse a toda una serie de hechos que han de cumplirse en cierto número de años o de siglos; y sólo la divinidad puede, sin que nada lo provoque, determinar por su propia voluntad la dirección que ha de seguir la humanidad, mientras que el hombre actúa siempre en el tiempo y participa en el acontecimiento.

Si restablecemos la primera condición omitida, la del tiempo, veremos que ninguna orden puede ser cumplida sin que la anterior haga posible la ejecución de la siguiente.

Ninguna orden aparece de forma espontánea y no abarca toda una serie de acontecimientos; cada orden deriva de otra, sin referirse nunca a un conjunto de acontecimientos, sino siempre a uno solo.

Cuando, por ejemplo, decimos que Napoleón ordenó a sus tropas ir a la guerra, en una sola orden incluimos una serie de órdenes consecutivas que dependen unas de otras. Napoleón no podía ordenar la campaña de Rusia, y jamás lo hizo; un día ordenó escribir unos u otros documentos a Viena, a Berlín y a San Petersburgo; al día siguiente firmó ese u otro decreto y órdenes para el ejército, la flota y la intendencia, etcétera, etcétera. Fueron millones de órdenes en consonancia con los acontecimientos las que llevaron las tropas francesas a Rusia.


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