Guerra y Paz

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Pero los paisanos, hombro con hombro, seguían avanzando como una masa compacta entre una confusión de bayonetas enganchadas entre sí. El príncipe Nesvitski miró desde el pretil del puente las aguas del Enns, que, pequeñas, rápidas y tumultuosas, contorneaban los pilotes y volvían, adelantándose unas a otras. Pero cuando miraba hacia el puente veía soldados, parecidos unos a otros, gorros, quepis, mochilas, bayonetas, largos fusiles y, bajo los quepis, rostros —con mejillas hundidas y anchos pómulos que expresaban cansancio y despreocupación, pies que se movían en el pegajoso fango amontonado en las tablas del puente. De vez en cuando se destacaba sobre la masa soldadesca algún oficial con capa, de rostro diferente del de los demás, como una salpicadura de blanca espuma. A veces, las olas de la infantería se llevaban por el puente, igual que gira una astilla en las aguas, a un húsar a pie, un ordenanza o un vecino del pueblo; en otras ocasiones era el carruaje de la compañía o de algún oficial, lleno hasta los topes y tapado con pieles, el que cruzaba el puente rodeado de agua por todas partes, igual a un tronco rodeado por el río.

—Es como si se hubiera roto un dique— dijo el cosaco, deteniéndose desesperado. —¿Quedáis todavía muchos?

—Un millón menos uno— respondió burlón un soldado que pasaba cerca con el capote roto, guiñándole un ojo.


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