Guerra y Paz
Guerra y Paz —Tome esto y hágalo llevar a su destino— dijo el ministro a su ayudante, sin hacer todavÃa caso del correo.
El prÃncipe Andréi advirtió que, de todas las cosas que ocupaban al ministro de la Guerra, los actos del ejército de Kutúzov eran los que menos podÃan interesarle; o que, al menos, era necesario dárselo a entender asà al correo ruso. “Pero eso a mà me tiene sin cuidadoâ€, se dijo. El ministro puso en orden los otros papeles, y únicamente después de esto levantó la cabeza. Su rostro era enérgico e inteligente, pero cuando se volvió al prÃncipe Andréi esa expresión de energÃa e inteligencia cambió voluntariamente, como por la fuerza de la costumbre; su rostro adoptó esa sonrisa convencional y estúpida, incapaz de ocultar su falsedad, del hombre que recibe, uno tras otro, a un sinfÃn de solicitantes.
—¿Del mariscal Kutúzov?— preguntó. —Supongo que buenas noticias, ¿verdad? ¿Ha habido algún encuentro con Mortier? ¿Victoria? ¡Ya era hora!
Tomó el despacho dirigido a su nombre y se puso a leerlo con expresión de pesadumbre.
—¡Válgame Dios! ¡Dios mÃo! ¡Schmidt!— dijo en alemán. —¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!
LeÃdo rápidamente el despacho, lo dejó sobre la mesa y miró al prÃncipe Andréi ordenando al parecer sus ideas.