Guerra y Paz

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“Si es uno de esos mequetrefes del Estado Mayor enviado para recibir una condecoración, la ganará igualmente en la retaguardia; y si se quiere quedar conmigo, que se quede… Si es un oficial valiente, me será útil”, pensaba Bagration. El príncipe Andréi no replicó nada y pidió permiso para recorrer la línea y examinar la disposición de las tropas para, en caso de ataque, saber adónde era necesario acudir. El oficial de servicio, hombre apuesto, vestido con elegancia, que llevaba una sortija adornada con un diamante en el índice y hablaba mal —pero de buena gana— el francés, se ofreció para acompañar al príncipe Andréi.

Por todas partes se veían oficiales con la ropa calada y rostros sombríos, como buscando algo, y soldados que traían de la aldea puertas, bancos y vallas.

—Ya lo ve, príncipe; no podemos desembarazarnos de esta gente— dijo el oficial, señalando a los soldados. —Los jefes son demasiado débiles. Mire— y le mostraba la tienda de un cantinero, —ahí se juntan y pasan el tiempo. Esta mañana los eché a todos y ya ve, de nuevo está lleno. Debemos acercarnos, príncipe, y darles un grito; sólo es un momento.

—Entremos; comeré un poco de pan y queso— dijo el príncipe Andréi, que aún no había probado bocado.

—¿Por qué no me lo ha dicho, príncipe? Habría compartido con usted el pan y la sal.


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