Guerra y Paz

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Descabalgaron y entraron en la tienda del cantinero. Algunos oficiales, sentados ante las mesas, con los rostros encendidos y fatigados, comían y bebían.

—¿Qué significa esto, señores?— dijo el oficial de Estado Mayor con el tono reprobatorio de quien ya ha repetido la misma cosa demasiadas veces. —No pueden abandonar sus puestos. El príncipe ha ordenado que no haya aquí nadie. Y usted, señor capitán…— se dirigió a un capitán segundo de artillería, pequeño, sucio y flaco, que, descalzo, con los calcetines puestos (había entregado sus botas al cantinero para que se las secara), se puso en pie, sonriendo con poca naturalidad. —¿No le da vergüenza, capitán Tushin?— prosiguió el oficial de Estado Mayor. —Creo que usted, como artillero, debería dar ejemplo… y usted sin botas. ¡Bien lo pasaría descalzo si tocasen alarma!— el aludido sonrió. —Vayan a sus puestos, señores… todos, todos— añadió con tono autoritario.

El príncipe Andréi sonrió involuntariamente, mirando al capitán segundo Tushin, quien, sin decir palabra, pero también sonriendo, sosteniéndose alternativamente sobre uno y otro pie descalzo, miraba con sus ojos grandes, inteligentes y bondadosos ya al príncipe, ya al oficial de Estado Mayor.

—Los soldados aseguran que es más cómodo ir descalzo— dijo, sonriendo tímidamente, como deseando disimular su propio embarazo con una broma.


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