Guerra y Paz
Guerra y Paz Pero el coronel no pudo terminar su frase. Un proyectil caído en las cercanías lo obligó a inclinarse sobre su caballo. Calló y, cuando quiso hablar de nuevo, otra explosión lo detuvo. Volvió grupas y se alejó al galope.
—¡Que se retiren! ¡Que se replieguen todos!— gritó desde lejos.
Los soldados se echaron a reír. Poco después llegaba un ayudante de campo con la misma orden.
Era el príncipe Andréi. Lo primero que vio al llegar al sitio ocupado por los cañones de Tushin fue un caballo desenganchado con una pata rota, que relinchaba lastimosamente junto a los tiros de las piezas. La sangre le manaba como de una fuente. En medio de los avantrenes yacían varios cadáveres. Mientras se acercaba, varios proyectiles le pasaron por encima; un estremecimiento nervioso recorrió su espalda. Pero tan sólo pensar que podía sentir miedo lo reanimó en seguida. “No puedo tener miedo”, pensó; y echó pie a tierra sin prisas, entre los cañones.
Dio la orden y no abandonó la batería. Había decidido que retiraran los cañones en su presencia. Junto con Tushin, caminando entre los cadáveres y bajo el fuego terrible de los franceses, se ocupaba en disponer las piezas para la retirada.