Guerra y Paz

Guerra y Paz

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—Capitán, por amor de Dios, tengo una contusión en el brazo— dijo tímidamente. —No puedo andar… ¡Por Dios!

Era evidente que había pedido ya más de una vez permiso para acomodarse en cualquier sitio y se lo habían negado. Siguió pidiendo con voz tímida y vacilante:

—¡Ordene que me permitan subir, por Dios!

—Dejadlo subir, dejadlo— ordenó Tushin. —Extiende un capote, tío— dijo a su soldado favorito. —¿Dónde está el oficial herido?

—Lo hemos retirado. Estaba muerto— respondió alguien.

—Dejad que se siente… Siéntate, amigo, siéntate. Extiende el capote, Antónov.

El cadete era Rostov. Con una mano se sujetaba la otra. Estaba muy pálido y un temblor febril le agitaba la mandíbula inferior. Lo sentaron sobre “Matvéievna”, el mismo cañón del que retiraran al oficial muerto. En el capote que tendieron había sangre, que manchó el pantalón y las manos de Rostov.

—¿Estás herido, amigo?— preguntó Tushin, acercándose al cañón en que estaba sentado Rostov.

—Es sólo una contusión.

—Entonces ¿de dónde es la sangre de los pantalones?


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