Guerra y Paz
Guerra y Paz —Es del oficial, Excelencia— respondió un artillero, limpiando la sangre con su manga, como excusándose de la falta de limpieza del cañón.
Con grandes dificultades, y gracias a la ayuda de la infanterÃa, habÃan conseguido subir cuesta arriba con los cañones, y cuando llegaron a la aldea de Guntersdorf se detuvieron. HabÃa tanta oscuridad que era imposible distinguir a diez pasos los uniformes de los soldados. El tiroteo empezaba a decrecer. De pronto, muy cerca, hacia la derecha, sonaron de nuevo gritos y disparos. En la oscuridad resplandÃan los fogonazos. Era el último ataque de los franceses, al que respondÃan los soldados alojados en casas del villorrio. Todos abandonaron la aldea, pero los cañones de Tushin no podÃan moverse y los artilleros, su capitán y el cadete de húsares se miraban en silencio, en espera de su destino. El tiroteo disminuyó; de una calle próxima llegó la animada conversación de unos soldados.
—¿Estás entero, Petrov?— preguntaba uno.
—Buena les hemos dado, hermano. Ahora ya no volverán más— respondÃa otro.
—¡No se ve nada! ¡Cómo se han frito entre ellos! ¡Vaya oscuridad, hermanos! ¿Hay algo para beber?
Los franceses habÃan sido rechazados por última vez. De nuevo, en la oscuridad más absoluta, los cañones de Tushin, encuadrados por el confuso clamor de la infanterÃa, se pusieron en marcha.