Guerra y Paz
Guerra y Paz Se encendieron hogueras y la conversación se hizo más perceptible. El capitán Tushin dio sus órdenes a la compañía y mandó que buscasen un puesto de socorro o un médico para atender al cadete; después se sentó junto al fuego preparado en el camino por los soldados. También Rostov se acercó como pudo a la hoguera. Todo su cuerpo se estremecía con temblor febril por el dolor, el frío y la humedad. El deseo de dormir era irresistible, pero el tormento de aquel brazo dolorido que no sabía dónde poner le impedía hacerlo. Ya cerraba los ojos, ya miraba fijamente a las llamas rojizas y cálidas, ya a la figura encorvada y débil de Tushin, sentado a la turca, a su lado. Los grandes, inteligentes y bondadosos ojos de Tushin fijaban en él una mirada compasiva y cariñosa. Se daba cuenta de que Tushin quería ayudarlo de todo corazón, pero no tenía medios para hacerlo.
Desde todas partes llegaba rumor de pasos y voces de soldados que pasaban bien a pie, bien a caballo y se instalaban en los alrededores. El resonar de esos pasos y voces, el chapoteo de los caballos en el fango, el crepitar lejano y próximo de la leña en las hogueras se fundían en un solo ruido confuso y vacilante.