Guerra y Paz

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I

El príncipe Vasili no meditaba sus planes. Y menos aún pensaba en hacer daño a otros para conseguir alguna ventaja. Era, ni más ni menos, un hombre de la alta sociedad que, habiendo tenido siempre éxito en el mundo, estaba acostumbrado a obtenerlo. Según las circunstancias y sus relaciones con los demás, combinaba diversos planes y cálculos de los que ni él mismo tenía exacta conciencia, aunque constituían todo el interés de su vida. No se trataba de un plan ni de dos, sino de decenas de ellos; alguno no hacía más que esbozarse en su mente, otros adquirían realidad y los demás se anulaban. Por ejemplo, el príncipe Vasili nunca se decía: “Tal personaje tiene ahora gran influencia; debo conquistar su amistad y confianza para conseguir, gracias a él, una ayuda financiera”. Ni tampoco pensaba: “Pierre es rico, debo atraérmelo, casarlo con mi hija y conseguir ese préstamo de cuarenta mil rublos que necesito”. Mas si tropezaba con el personaje influyente, su instinto certero le sugería en seguida que esa persona podía serle útil, y el príncipe Vasili se hacía amigo del individuo en cuestión y en la primera ocasión propicia, instintivamente, sin preparación alguna, lo adulaba, lo trataba con familiaridad y le hablaba de lo que era preciso.



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