Guerra y Paz
Guerra y Paz Pierre, convertido inesperadamente en un hombre riquísimo y en conde tras la soledad y despreocupación de poco antes, se veía ahora hasta tal punto ocupado y rodeado de gente que tan sólo en el lecho podía quedarse solo consigo mismo. Tenía que firmar documentos relacionados con oficinas públicas de cuya significación no tenía clara idea, preguntar sobre una u otra cosa a su primer intendente, visitar sus posesiones en las cercanías de Moscú y recibir a un sinfín de personas que poco antes no querían saber siquiera de su existencia y ahora se darían por ofendidas y disgustadas si el nuevo millonario no las recibiera. Eran gentes muy diversas: hombres de negocios, parientes, conocidos; todos igualmente cariñosos y bien dispuestos hacia el joven heredero. Todos, eso era evidente e indiscutible, se mostraban convencidos de las grandes cualidades de Pierre. No cesaba de oír frases como: “por su extremada bondad”, “con su excelente corazón”, “es usted tan recto, señor conde…”, “si él fuera tan inteligente como usted”, etcétera; de manera que empezaba a creer sinceramente en su extraordinaria bondad y en su extraordinaria inteligencia, tanto más porque siempre, en lo íntimo de su corazón, le parecía que era, en efecto, muy bondadoso y muy inteligente. Hasta personas antes maliciosas y hostiles eran ahora con él dulces y afectuosas. La mayor de las princesas, tan seria siempre con su largo talle y sus lisos cabellos de muñeca, entró en la habitación de Pierre después de los funerales del viejo conde. Con los ojos bajos y ruborizándose a cada instante, le dijo que le dolía mucho el equívoco habido entre ellos, y que no se sentía con derecho a pedir nada, excepto el permiso (tras la desventura de aquella muerte) a permanecer algunas semanas en una casa que tanto amaba y donde tantos sacrificios había hecho. Al decir esto no pudo dominarse y se echó a llorar. Conmovido por semejante evolución en aquella mujer, fría como una estatua, Pierre le tomó la mano y le pidió perdón, sin saber qué había de perdonarle. Desde aquel día, la mayor de las princesas comenzó a tejer una bufanda de lana a rayas para Pierre y cambió por completo su conducta hacia él.