Guerra y Paz

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V

Los invitados comenzaron a retirarse, agradeciendo a Anna Pávlovna la charmante soirée.

Pierre era desmañado, grueso, de una estatura superior a la corriente, ancho, con enormes manos rojas; no sabía entrar en un salón y menos salir de él, no sabía decir unas palabras especialmente amables antes de despedirse. Además, era distraído. Al levantarse tomó, confundiéndolo con su sombrero, el emplumado tricornio de un general y lo retuvo, tirando de las plumas, hasta que su dueño le rogó que se lo devolviera. Pero estas distracciones y el no saber cómo entrar en un salón ni comportarse en él estaban compensados en Pierre por su expresión de bondad, sencillez y modestia. Anna Pávlovna se volvió hacia él para expresarle con cristiana dulzura su perdón por las opiniones expresadas y lo despidió diciendo:

—Espero que volvamos a vemos y también que modifique sus ideas, querido monsieur Pierre.

Pierre no respondió palabra, se inclinó y mostró a todos su sonrisa que nada quería decir, o tal vez expresaba que “las opiniones son opiniones, pero todos veis que soy un excelente y simpático muchacho”. Y todos, hasta Anna Pávlovna, lo comprendieron aun contra su voluntad.


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