Guerra y Paz

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Estaba tan preocupado que olvidaba el mismo respeto debido al general en jefe. Lo interrumpía y hablaba con rapidez y confusión, sin mirar a la cara de su interlocutor y sin responder a las preguntas que le hacían. Lleno de barro, tenía un aspecto lastimoso: sucio, nervioso, exhausto por la fatiga, pero, al mismo tiempo, presuntuoso y soberbio.

Kutúzov ocupaba un pequeño castillo en las cercanías de Ostralitz. En el gran salón, habilitado para despacho del general en jefe, estaban Kutúzov, Weyrother y los miembros del Consejo de Guerra. Bebían té y no esperaban más que la llegada de Bagration para comenzar. Un oficial de órdenes del príncipe Bagration trajo a las ocho la noticia de que el general no podía acudir. El príncipe Andréi entró para comunicárselo a Kutúzov y, haciendo uso del permiso que antes le diera el general en jefe, se quedó en el salón.

—Puesto que el príncipe Bagration no viene, podemos comenzar— dijo Weyrother, levantándose presuroso de su puesto y acercándose a la mesa sobre la cual se había extendido un gran mapa de los alrededores de Brünn.

Kutúzov, cuyo grueso cuello desbordaba de la guerrera desabrochada, permanecía sentado, con sus manos regordetas y seniles posadas simétricamente en los brazos del butacón; parecía haberse dormido. Al oír la voz de Weyrother abrió con esfuerzo su único ojo.


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