Guerra y Paz
Guerra y Paz Kutúzov, acompañado de sus ayudantes de campo, siguió al paso de su caballo detrás de los fusileros.
Después de haber recorrido cosa de medio kilómetro tras la columna, se detuvo cerca de una casa solitaria y abandonada (tal vez había sido un mesón) que se levantaba en el cruce de dos caminos que descendían por la montaña; las tropas avanzaban tanto por uno como por otro.
Comenzaba a disiparse la niebla; a unos dos kilómetros eran visibles ya las fuerzas enemigas sobre las colinas de enfrente. A la izquierda, la fusilería se hacía cada vez mas clara. Kutúzov se detuvo, conversando con un general austríaco. El príncipe Andréi, un poco detrás, no dejaba de observarlos. Deseoso de ver qué ocurría a lo lejos, pidió su anteojo a uno de los ayudantes.
—Mire, mire— dijo el ayudante, señalando no a las tropas lejanas, sino a las que aparecían al pie de la colina.
—¡Son franceses!
Ambos generales y los ayudantes de campo echaron mano de los anteojos, que se quitaban unos a otros. Todos aquellos rostros cambiaron en el acto y reflejaron pavor. Creían que los franceses estaban a dos kilómetros y he aquí que aparecían inesperadamente ante ellos.
