Guerra y Paz
Guerra y Paz Los soldados que habían trasladado al príncipe Andréi le habían quitado la pequeña imagen de oro puesta en su cuello por la princesa María. Ahora, al ver la afabilidad del Emperador para con el prisionero, se apresuraron a devolvérsela.
El príncipe Andréi no vio quién se la puso en el cuello ni cómo; pero en su pecho, sobre el uniforme, apareció la medallita sujeta a una delgada cadena de oro.
“Qué bien si todo fuese tan claro y simple como le parece a mi hermana —pensó al ver la imagen que ella le había puesto con tanta piedad y fe—. ¡Qué hermoso sería saber dónde hallar ayuda en esta vida y qué es lo que nos espera después, más allá de la muerte! ¡Qué feliz y tranquilo me consideraría ahora si pudiera decir: Señor, ten piedad de mí!… Pero ¿a quién se lo voy a decir? ¿A la fuerza indefinida, inconcebible a la que no puedo acudir, ni puedo siquiera expresar con palabras, que es todo o nada —se decía el príncipe Andréi— o bien al Dios que está cosido aquí, en este escapulario que me entregó mi hermanita? No hay nada, nada seguro, fuera de la pequeñez de cuanto me es comprensible y la majestad de aquello que es incomprensible, pero que es lo más importante de todo.”