Guerra y Paz

Guerra y Paz

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Levantaron la camilla. Cada sacudida le producía un dolor insoportable. Aumentaba la fiebre y comenzó a delirar. La imagen de su padre, las de su mujer, su hermana, el hijo desconocido y esperado, la ternura que experimentó en la noche, la víspera de la batalla, la figura del pequeño e insignificante Napoleón y, sobre todo ello, el alto cielo era lo que veía en sus alucinaciones febriles.

Se imaginaba la tranquila y apacible vida familiar en Lisie-Gori, gozaba ya de ese bienestar, cuando de pronto aparecía el pequeño Napoleón, con su mirada indiferente, limitada y feliz con la desgracia de los demás y tomaban las dudas, los sufrimientos, y sólo el cielo prometía sosiego. Hacia la mañana, todos los sueños se fundieron en un caos, en la penumbra del olvido y delirio que, según el dictamen de Larrey, médico de Napoleón, habían de conducir a la muerte más que a la curación.

—C'est un sujet nerveux et bilieux, il n’en réchappera pas[246]— sentenció Larrey. El príncipe Andréi, con algunos otros heridos que habían sido desahuciados, fue confiado a los cuidados de los habitantes de la región.



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