Guerra y Paz
Guerra y Paz —Al final de la calle; frente a la casa grande. ¡Cómo es que no la ves! Es nuestra casa— dijo Rostov. —¡DenÃsov! ¡DenÃsov! ¡Que hemos llegado!
DenÃsov levantó la cabeza, tosió y no respondió. —¡Dmitri! Hay luz en casa, ¿verdad?— preguntó Rostov al lacayo que iba en el pescante.
—En efecto, es la luz del despacho de su padre.
—No se habrán acostado todavÃa. ¿Eh? ¿Qué crees? ¡Ah! No te olvides de sacar en seguida mi uniforme nuevo— añadió Rostov atusándose el incipiente bigote. —¡De prisa!— gritó al postillón. —Vasia, despierta— dijo a DenÃsov, que de nuevo se habÃa dormido. —¡Venga, corre! ¡Tres rublos de propina!— gritó Rostov cuando el trineo estaba ya a tres pasos de la puerta.
CreÃa que los caballos no se movÃan.
Finalmente el trineo torció a la derecha, hacia la entrada. Rostov vio la gran cornisa de la casa, que tan bien conocÃa, con sus desconchados, el porche y la farola de la acera.