Guerra y Paz

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Su pasión por el Emperador se había debilitado un tanto en Moscú, porque no tenía ocasión de verlo, pero hablaba con frecuencia del Zar y de su amor por él, dando a entender que no lo contaba todo, porque en su amor había algo que no estaba al alcance de todos. Y compartía plenamente el sentimiento de adoración hacia la persona del emperador Alejandro Pávlovich, profesado en todo Moscú, donde lo llamaban “ángel hecho hombre”.

Durante su breve estancia en Moscú Rostov no se sintió más cerca de Sonia; al contrario, se alejó de ella. Sonia era atractiva y bella; no disimulaba su amor apasionado hacia Nikolái, pero él estaba en esos momentos de la juventud cuando a los jóvenes siempre les parece que tienen mucho que hacer, y no disponen de tiempo para ello; el joven teme comprometerse, valora su libertad, que necesita para muchas otras cosas. Cuando Rostov pensaba en Sonia, durante esa nueva estancia en Moscú, se decía: “Habrá y hay muchas, muchas así, quién sabe dónde, yo todavía no las conozco. Tengo tiempo aún para dedicarme al amor, pero ahora no lo tengo”. Además, la compañía de las mujeres se le hacía humillante para su dignidad de hombre. Iba a los bailes, estaba con ellas, fingiendo siempre que lo hacía contra su voluntad. Las carreras, el Club Inglés y las juergas con Denísov, las visitas allá, eran otro asunto: eran cosas propias de un joven húsar.


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