Guerra y Paz
Guerra y Paz El 3 de marzo, el rumor de las conversaciones llenaba todas las salas del Club Inglés y, como las abejas en primavera, los socios e invitados, de uniforme o etiqueta y hasta algunos con pelucas y caftán, iban y venían, se sentaban, volvían a levantarse, se juntaban y se separaban de nuevo. Los lacayos, con sus pelucas empolvadas, sus libreas y calzones de seda, de pie junto a todas las puertas, intentaban captar cada movimiento de los invitados y socios para ofrecerles sus servicios.
La mayoría de los presentes eran ancianos respetables, de rostros redondos y gestos seguros, gruesos dedos y voz firme. Los socios del club y los invitados de esta categoría ocupaban los sitios de siempre y formaban sus acostumbradas tertulias. Otra parte, más pequeña, la constituían los invitados circunstanciales, principalmente jóvenes, entre los cuales se hallaban Denísov, Rostov y Dólojov, recientemente rehabilitado como oficial del regimiento Semiónovski. En los rostros de los jóvenes, y especialmente de los militares, era fácil observar una expresión de respeto un poco desdeñosa para con los viejos, que parecía decir a la pasada generación: “Estamos dispuestos a rendirles respetos y honores, pero no olviden que el porvenir nos pertenece”.