Guerra y Paz

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El problema que lo atormentaba era la alusión de la princesa, en Moscú, a la intimidad de Dólojov con su mujer y una carta anónima recibida aquella mañana, donde se le decía —con la vileza festiva propia de todas las cartas anónimas— que veía mal, aunque usara lentes, ya que las relaciones de su mujer con Dólojov no eran secretas más que para él. Pierre no creyó en absoluto ni las alusiones de la princesa ni la carta, pero le resultaba violentísimo mirar en aquel momento a Dólojov, sentado delante de él. Cada vez que por casualidad se encontraba con los bellos e insolentes ojos de Dólojov, en Pierre nacía algo monstruoso y terrible que lo forzaba a esquivar cuanto antes aquella mirada. Recordando el pasado de su mujer y sus relaciones con Dólojov, Pierre se daba cuenta de que la carta podía ser verdad, o al menos podía serlo, o parecerlo si no se tratara de su mujer. Recordaba que Dólojov, repuesto en su grado y destino después de la campaña, al volver a San Petersburgo había acudido a su casa. Utilizando su antigua amistad de cuando habían sido compañeros de francachelas, Dólojov fue en su busca, y Pierre lo había alojado y le había prestado dinero. Recordaba ahora el desagrado de Elena, que se quejaba sonriente de que Dólojov viviera en su casa, las cínicas alabanzas que el huésped hacía de la belleza de su mujer y que, desde entonces hasta su viaje a Moscú, no se había separado de ellos ni un solo instante.


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