Guerra y Paz
Guerra y Paz Y volvía a preguntarse: “Pero ¿por qué soy culpable? Porque te casaste sin amor; porque te has engañado a ti mismo y la has engañado a ella”. Y volvía a recordar muy a lo vivo aquella tarde, después de la cena en casa del príncipe Vasili, cuando pronunció las palabras que no querían salir de sus labios: “Je vous aime”. “Todo proviene de ahí… Entonces ya sentía, sí, lo sentía, que no estaba bien, que no debí decirlo, no tenía derecho a hacerlo.
Y así resultó.”
Recordó también su luna de miel y el recuerdo lo hizo sonrojarse. Pero lo que sobre todo lo avergonzaba y hería era el recuerdo vivo de aquella vez, poco después de su matrimonio, cuando a mediodía, en batín de seda, había salido de la alcoba al despacho y se encontró con el administrador, que lo saludó respetuosamente, mirando con leve sonrisa su cara y su batín, una sonrisa con la que parecía sumarse —siempre respetuoso— a la felicidad de su jefe.