Guerra y Paz
Guerra y Paz Y en aquel mismo instante que lo pensaba, en el descansillo donde esperaba el camarero con la vela, apareció el prÃncipe Andréi, con un abrigo de pieles cubierto de nieve en el cuello. SÃ, era él, pero pálido y delgado, extrañamente distinta la expresión de su rostro, una expresión de inquieta ternura. Subió la escalera y abrazó a su hermana.
—¿No recibisteis una carta mÃa?— preguntó.
Sin esperar una respuesta que no habrÃa obtenido, porque la princesa MarÃa era incapaz de hablar, volvió sobre sus pasos y, junto con el médico alemán, que habÃa entrado detrás de él (se habÃan encontrado en la última estación), siguió adelante con paso rápido y abrazó de nuevo a su hermana.
—¡Qué destino, Masha querida!— dijo.
Y quitándose el abrigo y las botas entró en la habitación de la princesa Lisa.